El Laberinto Persa: Trump naufraga en Teherán
Su estrategia de máxima presión para lograr rápidamente sus objetivos, en la República Islámica no ha resultado tan efectiva ni inmediata
Morelia, Michoacán, 20 de abril de 2026.- Donald Trump, el hombre que construyó un imperio bajo la premisa de que todo tiene un precio y un solo dueño, se ha topado en Irán con un muro invisible pero infranqueable.
Su estrategia de máxima presión para lograr rápidamente sus objetivos, en la República Islámica no ha resultado tan efectiva ni inmediata.
Para entender por qué no hay acuerdo unánime, como ha sucedido con otros gobiernos, hay que diseccionar los muchos tentáculos de poder que gobiernan a los persas y que conforman un complejo sistema de contrapesos y poderes paralelos en donde el conflicto constante es la normalidad.
¿Cuáles son esos poderes paralelos?
Los Pasdaran o Guardia Revolucionaria: El Cuerpo de la Guardia Revolucionaria Islámica (IRGC) no es una institución militar convencional, es el holding empresarial más agresivo de Oriente Medio y controlan el programa de misiles balísticos y la Fuerza Quds (operaciones en el extranjero).
A través de su brazo constructor, Khatam al-Anbiya, la Guardia controla desde la construcción de presas hasta la red de fibra óptica.
Para los Pasdaran, la paz con Trump y con cualquiera, es un mal negocio pues un acuerdo que normalice las relaciones con el mundo traería competencia extranjera y obligaría a una transparencia financiera, que no les conviene.
Bajo las sanciones, ellos son los amos del mercado negro y los únicos con capacidad logística. De tal suerte que no van a ceder su monopolio por una promesa diplomática de Washington.
Los Bonyads: son el “Estado de Bienestar” en la sombra, con careta de grupos “caritativos” que fueron nacionalizados tras la Revolución de 1979.
Se trata de fundaciones que poseen miles de hectáreas de tierras, llegando a ser los más grandes tenedores en el mundo islámico, pero además tienen hoteles de lujo, fábricas y no pagan impuestos, ni rinden cuentas al Parlamento.
La fundación “Astan Quds Razavi”, por ejemplo, maneja el santuario más sagrado de Irán, pero también es dueña de empresas agroindustriales y tecnológicas.
Estas organizaciones funcionan como una gigantesca red de clientelismo y si el gobierno «legítimo» intenta recortar subsidios o abrir la economía (como pediría un acuerdo tipo Trump), los Bonyads pueden movilizar a las masas o asfixiar el suministro de bienes básicos para castigar al político «entreguista».
El Consejo de Guardianes, los inquisidores del voto: Mientras Trump busca negociar con líderes que tengan respaldo popular, el Consejo de Guardianes se encarga de que eso nunca pase del todo.
Este cuerpo de 12 hombres, entre los que hay clérigos, tiene el poder de veto absoluto y si el Parlamento aprueba una ley para facilitar la inversión extranjera, ellos pueden anularla por «no ser islámica».
Peor aún, ellos deciden quién aparece en la boleta electoral.
Han purgado sistemáticamente a los pragmáticos que podrían haber cerrado un trato con Occidente, dejando solo a los sectores más duros que ven cualquier concesión como una traición a la fe.
La red de los «Bazaaris»: Son los viejos comerciantes y aunque hoy compiten con los militares, los grandes comerciantes del Gran Bazar de Teherán siguen siendo el termómetro social del país.
Son la banca informal de Irán y financian mezquitas y seminarios, lo que les da una línea directa con los Ayatolas más conservadores.
Sin embargo, su lealtad es volátil. Si las sanciones de Trump les impiden importar mercancías, presionarán por un cambio; pero si el acuerdo implica que grandes cadenas como Walmart o Amazon entren al país, prefieren seguir aislados y protegidos por el régimen.
Así, Donald Trump está acostumbrado a negociar con CEOs, presidentes o dictadores de mando vertical.
Pero en Irán se enfrenta a un gobierno fragmentado.
El problema no es que no quieran un acuerdo; es que cualquier grupo que se atreva a firmarlo se convierte automáticamente en el enemigo de los otros tres.
En este laberinto de intereses militares, beneficios económicos exentos de impuestos y fanatismo ideológico, la diplomacia de un solo hombre, que acostumbra Trump, simplemente no tiene dónde aterrizar.
Mientras Irán siga siendo una suma de feudos en guerra, el «Gran Trato» seguirá siendo un espejismo en el desierto.
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