El Derecho a la Ciudad: Trump, entre París y Venezuela
Lo acontecido en Venezuela, país que posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, puede ser un retroceso en la lucha para minimizar los impactos del cambio climático
Morelia, Michoacán, 03 de febrero de 2026.- Al buscar las razones de por qué por el cambio climático se considera más una crisis civilizatoria que un asunto meramente relacionado con aspectos climáticos que enfrentamos como humanidad, se comprende por qué a la época actual se le propone denominar Antropoceno. Este concepto, propuesto por Paul Crutzen en el año 2000, lo define como “el periodo actual caracterizado por el impacto significativo de las actividades humanas en la Tierra”, y su relevancia radica en ubicar al ser humano como el actor preponderante del cambio desde una forma cultural.
Nuestra presencia en el Planeta es de hace poco más de 1.3 millones de años. En este tiempo, hemos pasado como especie humana, no sólo a crear nuevas herramientas para realizar actividades humanas, sino también heredarlas a otras generaciones para mantener la apropiación de los recursos del entorno. Así, pasamos de una piedra con bordes dentados del Neolítico a los equipos y maquinarias sobre los que se basan la nanotecnología, la biotecnología y la inteligencia artificial. Otro aspecto relevante se refiere a la velocidad con la cual se han llevado a cabo los procesos de apropiación y transformación del entorno natural. En otras palabras, la rapidez con que se han dado las actividades humanas supera en mucho la capacidad de los ecosistemas para regenerarse.
Lo más relevante de este proceso, característico de nuestra especie humana, radica en las causas por las cuales nos apropiamos de los recursos naturales. En la antigüedad, el motor de las acciones parece haber sido la satisfacción de las necesidades básicas para sobrevivir. Sin embargo, la explotación de recursos se ha ido incrementando cada vez más; así se posibilitó el comercio al incorporar al recurso natural, un valor como mercancía de intercambio.
El caso de los llamados combustibles fósiles es un claro ejemplo de lo anterior. Estos materiales de gran contenido energético, como el petróleo, el carbón o el gas natural, se originaron en épocas pasadas y son resultado de las altas temperaturas y presiones, debido a los cambios geológicos del Planeta. Sin embargo, estos combustibles fósiles han sido extraídos de forma desmedida e incluso, hace unas décadas, se les cimentó la esperanza del futuro energético mundial. En la actualidad, estos aportan el 67% de la energía que se usa para producir electricidad, y representan el 95% de las fuentes de energía en el campo del transporte en el mundo.
En contraposición, los reportes del Panel Intergubernamental del Cambio Climático exponen que las emisiones de CO2 procedentes de la combustión de combustibles fósiles y de los procesos industriales, contribuyeron alrededor del 78% del aumento total de las emisiones de GEI entre 1970 y 2010, con una contribución porcentual similar al aumento experimentado durante el período de 2000 a 2010.
En 2016, entró en vigor el Acuerdo de París, tratado internacional vinculante firmado por 196 partes para limitar el calentamiento global muy por debajo de 2∘C con respecto a los niveles preindustriales. El acuerdo busca alcanzar la neutralidad climática y aumentar la resiliencia a los efectos del cambio climático, objetivos que implican una reducción de emisiones, lo que obliga a acelerar el cambio hacia el uso de alternativas de energía limpia y sustentable; esto, sin duda requiere una transformación económica y social, basada en la mejor ciencia disponible.
Seguramente por tal razón, los Estados Unidos se retiraron del Acuerdo de Paris en 2017 durante el primer mandato de Trump, fue readmitido en 2021 por iniciativa del entonces presidente Joe Biden, y ahora con el regreso de Trump al poder, se formalizó nuevamente la salida del Acuerdo en enero de 2026.
En este contexto, lo acontecido en Venezuela, país que posee las mayores reservas probadas de petróleo del mundo, con aproximadamente 303.000 millones de barriles de crudo, que representan entre el 17% y 20% del total mundial, se puede convertir en una contraofensiva al impulso del uso de energías limpias y en un fortalecimiento de una economía del petróleo, pero lo más preocupante: un retroceso en la lucha para minimizar los impactos del cambio climático que ponen en riesgo la supervivencia de la especie humana en el Planeta.




