La ceguera colectiva, el huevo de la serpiente
La historia demuestra que los regímenes autoritarios no nacen completamente formados; se incuban. Se gestan en el desprecio por los contrapesos, en la personalización del poder.
Morelia, Michoacán, 27 de enero de 2026.- La expresión “el huevo de la serpiente” alude a un peligro latente, aparentemente inofensivo, pero que encierra en su interior una amenaza letal. Es la fase embrionaria del mal: todavía no muerde, no envenena, no destruye, pero ya existe. Su rasgo más inquietante es que puede observarse sin que muchos adviertan lo que realmente es. Cuando finalmente eclosiona, ya es demasiado tarde para todo.
La metáfora fue popularizada por la película El huevo de la serpiente (1977), de Ingmar Bergman, ambientada en la Alemania de los años 20. En ella se retrata una sociedad humillada, empobrecida y moralmente derrotada, incapaz de percibir que, en medio de su desesperación, se está gestando el germen de algo mucho más oscuro. El huevo está ahí (Adolf H. y el NSDAP) visible, transparente, pero la mayoría prefiere no mirar con atención o no entender lo que ve. La tragedia no es solo la eclosión del monstruo, sino la ceguera colectiva que permitió que llegara a ese punto.
El verdadero significado político del “huevo de la serpiente” no reside únicamente en el peligro en sí, sino en la incapacidad , o negativa , de reconocerlo a tiempo. El fenómeno suele repetirse en sociedades cansadas de la corrupción, del abuso del poder y la desigualdad: surge un movimiento que promete redención moral, justicia histórica y una ruptura con el pasado. Sus líderes se presentan como salvadores, como encarnaciones del pueblo “bueno”.
En el México contemporáneo, el ascenso de Andrés Manuel López Obrador y del movimiento que dio origen a MORENA puede analizarse bajo esta metáfora. Durante años, el proyecto fue visto por muchos como una respuesta legítima al hartazgo social, a la corrupción sistémica y al fracaso de los partidos tradicionales. Para otros, desde el inicio, contenía señales preocupantes: un liderazgo personalista, una narrativa maniquea que dividía al país entre “buenos” y “malos”, y un profundo desprecio por las instituciones que no se subordinaban a su voluntad.
Ese fue el huevo de la serpiente. Visible, incluso transparente, pero minimizado. Quienes advertían los riesgos eran tachados de alarmistas, conservadores o defensores de privilegios. Se impuso la idea de que el verdadero peligro era el pasado y que cualquier cosa que lo destruyera debía ser bienvenida.
Una vez en el poder, la llamada Cuarta Transformación comenzó un proceso sistemático de demolición institucional. Bajo el argumento de combatir la corrupción y “limpiar” al Estado, se debilitó a los órganos autónomos, se atacó al Poder Judicial, se desacreditó a la prensa crítica y se concentró el poder en el Ejecutivo. Instituciones construidas durante décadas fueron desmanteladas o vaciadas de contenido en nombre de la austeridad o de la voluntad popular.
Como ocurre cuando el huevo finalmente se rompe, el daño no es inmediato sino progresivo y corrosivo. La serpiente no destruye todo de un solo golpe; se desliza, asfixia, inocula su veneno lentamente. La erosión del Estado de derecho, la normalización del discurso autoritario y la subordinación de la ley al proyecto político se vuelven parte del paisaje cotidiano.
Lo más inquietante no es sólo la destrucción de instituciones, sino la ceguera persistente de amplios sectores sociales que se niegan a reconocerla. Para muchos, mientras el discurso siga siendo “popular” y el enemigo siga siendo “el pasado”, cualquier atropello es justificable. El huevo ya eclosionó, pero aún hay quienes insisten en que se trata de una ilusión o de una exageración interesada.
La historia demuestra que los regímenes autoritarios no nacen completamente formados; se incuban. Se gestan en el desprecio por los contrapesos, en la personalización del poder y en la idea de que la ley debe servir al líder y no al revés. Cuando la sociedad reacciona, suele hacerlo demasiado tarde, cuando la serpiente ya ha crecido su veneno circula por todas las instituciones.
México enfrenta hoy las consecuencias de no haber roto el huevo a tiempo. La lección es incómoda, pero necesaria: el verdadero peligro no siempre llega disfrazado de tiranía explícita, sino de redención moral. Y cuando una nación confunde esperanza con fe ciega, corre el riesgo de descubrir, demasiado tarde, que incubó su propia amenaza, su propia destrucción.




