Estado, poder y el monopolio de la violencia / Teresa Da Cunha Lopes


Los últimos meses nos han colocado en un vórtice en que, en el plan internacional hemos asistido a violaciones sistemáticas de los grandes consensos refrendados por tratados, y que en el plan interno hemos asistido a la paulatina erosión de los paradigmas rectores de la legitimidad del estado
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Morelia, Michoacán, 03 de octubre de 2014.- Los últimos meses nos han colocado en un vórtice en que, en el plan internacional hemos asistido a violaciones sistemáticas de los grandes consensos refrendados por tratados, y que en el plan interno hemos asistido a la paulatina erosión de los paradigmas rectores de la legitimidad del estado, ruptura introducida por la impunidad de comportamientos y acciones, a todas las luces delictivas, propiciada o por la omisión de las autoridades o por la corrupción de las instituciones.
Me parece, en consecuencia, urgente hacer una breve reflexión sobre el estado, el poder y el monopolio de la violencia, para que de forma clara, límpida coloquemos las cosas en su debido lugar y, no pueda existir confusión entre lo que es la coacción legítima y lo que se acerca o, definitivamente, pude ser tipificado como inaceptable en un estado democrático moderno.
A partir de la primera mitad del siglo XX, la política se define en términos de poder. En realidad, la consideración del poder como objeto central de una Teoría de la Ciencia Política y del Estado hunde sus raíces en el pensamiento griego clásico [1] y continuó siendo el tema de atención preferente a lo largo de la historia (como prueban las aportaciones de MAQUIAVELO [2], HOBBES[3], MONTESQUIEU[4] o WEBER).
Pero el poder no es fácil de conceptuar. Una clasificación muy citada distingue dos sentidos:
1.- El poder como resultado de una relación entre dos sujetos en virtud de la cual uno impone a otro su voluntad y obtiene un comportamiento que no surgiría espontáneamente.
2.- El poder definido en función de los recursos disponibles, es decir, se tiene poder cuando se dispone de medios, ya sean económicos, ideológicos o de otra naturaleza
Estas dos dimensiones del poder no son fáciles de discernir en la práctica y tampoco son excluyentes sino complementarias.
Según MAX WEBER [5], por Estado debe entenderse una organización institucional que posee el “monopolio de la coacción física legítima” [6]. Según este concepto, el monopolio de la violencia sería el rasgo identificador del Estado.
Ahora bien, el dominio de los Estados no sólo se basa en la coacción sino en la coacción legítima, es decir, en el consentimiento de los ciudadanos.
MAX WEBER [7] distingue tres modelos ideales de legitimidad que repercuten en la forma de obediencia:
1.- La legitimidad tradicional: fundamentada en la costumbre
2.- La legitimidad carismática: que radica en las cualidades ejemplares de una persona.
3.-La legitimidad legal-racional, la más corriente, se basa en la creencia en la legalidad, es decir, en la sumisión a las normas y al Derecho.
En consecuencia, la coacción legítima es la que se ejerce conforme a lo establecido en la ley.
Es importante resaltar este elemento definidor de la coacción legítima: esta tiene que ser ejercida de acuerdo a lo establecido en la ley y, en el siglo XXI, de acuerdo al paradigma establecido en el Derecho Internacional de los Derechos Humanos (DIDH).
O sea, en ningún momento, en ninguna circunstancia ejecuciones sumarias, desapariciones forzadas, represión violenta de la manifestación de opiniones políticas, genocidio, tortura, uso de fuerza mortal sobre individuos desarmados, etc., puede ser considerado como “coacción legítima”. Al revés, este tipo de acciones recaen dentro de la tipología de crímenes graves y algunas de ellas dentro de la definición de crímenes contra la humanidad.
Junto al monopolio de la violencia [8] y a la legitimidad en que ésta se apoya, un tercer rasgo identificador del Estado estriba en que ese monopolio legítimo de la coacción es ostentado por una organización de carácter institucional. Nunca por milicias o por grupos de particulares (vigilantes) o por organizaciones paramilitares o por grupos policiacos cuyos elementos no obedecen a los protocolos de intervención y a la cadena de mando.
El proceso de institucionalización del poder significa[9], por una parte, que la coerción no se ejerce arbitrariamente sino de acuerdo con las leyes.
Por otra parte, la institucionalización se opone a la personalización del poder. Aunque el poder es ejercido por personas, éstas no actúan en nombre propio sino como representantes de una entidad abstracta. La despersonalización del poder permite, pues, la continuidad del Estado y de sus políticas, al margen de que sus representantes cambien, pero también impide que el individuo detentor de una investidura pública confunda el ejercicio legítimo de funciones definidas constitucionalmente con “lo que le parece ser necesario” o con su interés personal o de grupo.
Así, para Max WEBER, los Estados más evolucionados son los que se asientan en la legitimidad legal-racional, principio que es recogido en la mayor parte de las constituciones modernas. La institucionalización del poder conduce a que las relaciones y las actividades políticas sean realizadas por órganos específicos a los que se les atribuyen funciones concretas de acuerdo con normas; así, el ámbito político tiende a diferenciarse de otros ámbitos. Por el contrario, la mezcla de las actividades políticas con actividades de naturaleza religiosa o económica es más intensa en los Estados con una institucionalización precaria del poder.
O sea, en la ausencia de la implementación del principio de la legitimidad legal-racional y cuando este principio es sustituido por la arbitrariedad, entonces estaremos en presencia de un estado fallido que no cumple con su función primera: la de asegurar la seguridad de sus ciudadanos, entendida esta no sólo como seguridad jurídica directa, sino también como garante de la protección de los derechos fundamentales.
Desde estos planteamientos la organización burocrática[10] constituye el instrumento característico del éxito del Estado en la época moderna. Los rasgos de la burocracia (entre otros, la selección de los funcionarios de acuerdo con la cualificación profesional y no por razones clientelares o por privilegios hereditarios, o el sometimiento de sus actividades a reglamentos) permiten a los ciudadanos anticipar el ejercicio del poder frente a la inseguridad generada por un poder arbitrario.
Por tanto, el elemento tipificador del Estado es la coacción legítima, instrumento que le permite imponer decisiones colectivas. No, la violencia arbitraria y sin consecuencias legales contra sus ciudadanos y no ciudadanos que habitan en el territorio soberano del estado. En consecuencia, entre los conceptos de poder, política y estado sí bien existe un claro paralelismo, sus relaciones no pueden ser otras que lo que jurídicamente es aceptable.
Notas:
[1] PLATÓN y su obra “La República” y ARISTÓTELES y el “ATHENAION POLITEIA” son referencias obligatorias
[2] MAQUIEVALO, Nicolás :
A)Discurso sobre la corte de Pisa, 1499
B)Retrato de la corte de Alemania, 1508-1512
C)Retrato de la corte de Francia, 1510
D)Discursos sobre la primera década de Tito Livio, 3 volúmenes, 1512-1517
E)El Príncipe, 1513
[3]ViTALE, Ermano: “Hobbes y la Teoría del Estado moderno”, en ISEGORÍA, Revista de Filosofía Moral y Política N.º 36, enero-junio, 2007, 105-124
[4] Un interesante estudio sobre la influencia de MONTESQUIEU sobre la visión de Estado de los Founder Fathers aparece en el artículo de JAMES, F. Jones: “Montesquieu and Jefferson Revisited: Aspects of a Legacy”, The French Review, Vol. 51, No. 4, Fiftieth Anniversary Issue (Mar., 1978), pp. 577-585
[5] A este propósito ver la obra póstuma “Economía y Sociedad” y “La Política como vocación”, estudio publicado conjuntamente con la lección “ La Ciencia como vocación”
[6] POULANTZAS, Nikos. Pouvoir Politique et Classes Sociales del Capitalisme. Trad. al español de F. Torner, ed. Siglo XXI, México, 1997
[7] Un buen punto de partida para el análisis de la obra de WEBER es la lectura de MANN que debe situarse en el renovado interés por la génesis del Estado-nación que se constituyó en las últimas dos décadas como una de las preocupaciones centrales de la política comparada y de la sociología histórica anglosajona. Desde diversas perspectivas y enfoques, MARX y WEBER fueron reinterpretados y sus tradiciones teórico-metodológicas cuestionadas con el objeto de repensar las relaciones entre Estado y sociedad civil, entre capitalismo y democracia, entre el poder y las clases sociales, o entre la autonomía estatal y la capacidad de dominación político-territorial. Así, en los años 80, autores como GIDDENS; EVANS/ RUESCHEMEYER/ SKOCPOL; el propio MANN; o MIGDAl, entre otros, ofrecieron espléndidos trabajos referidos a esas cuestiones en los cuales sugirieron numerosas claves teóricas y empíricas para discutir desde las tradiciones marxista y weberiana las transformaciones del Estado y de la sociedad en el capitalismo.
[8]BOURDIEU, Pierre. “Sobre el poder simbólico”, en Intelectuales, política y poder, traducción de Alicia Gutiérrez, Buenos Aires, UBA/ Eudeba, 2000, pp. 65-73.
[9] MANN, Michael:”El poder autónomo del Estado: sus orígenes, mecanismos y resultados .” en Revista Académica de Relaciones Internacionales, Núm. 5 Noviembre de 2006, UAM-AEDRI
[10] WEBER es conocido por su estudio de la burocratización de la sociedad, de los modos racionales en los que las organizaciones sociales aplican las características de un tipo ideal de burocracia. Muchos aspectos de la administración pública moderna vuelven a él, y un servicio civil clásico y organizado jerárquicamente del tipo continental es denominadoservicio civil weberiano, aunque esto es sólo un tipo ideal de administración pública y gobierno descrito en su obra magnaEconomía y sociedad. En su trabajo, WEBER hace una descripción, que se ha vuelto famosa, de la racionalización (de la que la burocratización es una parte) como un cambio desde una organización y acción orientada a valores (autoridad tradicional y autoridad carismática) a una organización y acción orientada a objetivos (autoridad racional-legal). El resultado, de acuerdo a WEBER, es una noche polar de oscuridad helada, en la que la racionalización creciente de la vida humana atrapa a los individuos en una jaula de hierro de control racional, basado en reglas. Los estudios sobre la burocracia de WEBER le condujeron también a su análisis – correcto, pues resultaría así – de que el socialismo en Rusia llevaría, debido a la abolición del mercado libre y sus mecanismos, a una sobreburocratización (evidente, por ejemplo, en la economía de la escasez) más que a un alejamiento fulminante del estado (como Karl MARX había predicho que sucedería en una sociedad comunista).