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Antibióticos sin control, una lección tardía

Durante décadas, el uso de antibióticos en México fue un ejemplo claro de cómo una herramienta terapéutica invaluable puede convertirse en un problema de salud pública cuando se utiliza sin control

Morelia, Michoacán, 06 de mayo de 2026.- Durante décadas, el uso de antibióticos en México fue un ejemplo claro de cómo una herramienta terapéutica invaluable puede convertirse en un problema de salud pública cuando se utiliza sin control. La posibilidad de adquirir estos medicamentos sin receta médica, una práctica común hasta agosto de 2010, generó una cultura de automedicación profundamente arraigada. Ante cualquier cuadro de fiebre, dolor de garganta o malestar general, la automedicación dictaba tomar un antibiótico, así, sin diagnóstico, sin dosis adecuada y sin completar el tratamiento.

Las razones de este fenómeno fueron múltiples; por un lado, la limitada accesibilidad a servicios médicos oportunos llevó a millones de personas a resolver sus problemas de salud por cuenta propia; por otro, existía una percepción errónea de que los antibióticos eran una especie de “cura universal”, eficaces incluso contra infecciones virales como el resfriado común, donde en realidad no tienen ningún efecto. A esto se sumó la falta de regulación estricta en farmacias y, en algunos casos, la complacencia de personal no médico que recomendaba medicamentos sin la preparación adecuada.

Las consecuencias no tardaron en hacerse evidentes. La más grave ha sido el aumento de la resistencia bacteriana, un fenómeno ampliamente estudiado en el campo de la Microbiología. Cuando los antibióticos se usan de forma indiscriminada, las bacterias desarrollan mecanismos para sobrevivir a ellos, volviéndolos progresivamente ineficaces. Esto significa que infecciones que antes eran fácilmente tratables pueden convertirse en enfermedades graves, más costosas y, en algunos casos, mortales. A nivel clínico, esto se traduce en hospitalizaciones más largas, necesidad de antibióticos más potentes y un incremento en la mortalidad.

Además, el uso inadecuado de antibióticos puede provocar efectos adversos en los pacientes: desde reacciones alérgicas hasta alteraciones en la flora intestinal, lo que puede derivar en infecciones oportunistas. También contribuye a un gasto innecesario para las familias y el sistema de salud, al consumir medicamentos que no solo son inútiles en muchos casos, sino potencialmente dañinos.

Frente a este escenario, las autoridades sanitarias mexicanas implementaron en 2010 una medida clave: la prohibición de la venta de antibióticos sin receta médica. El objetivo era claro: frenar la automedicación, garantizar un uso racional de estos fármacos y contener el avance de la resistencia bacteriana. Desde entonces, las farmacias están obligadas a exigir una prescripción médica para surtir antibióticos.

¿Ha servido esta medida? En términos generales, sí, aunque con matices. Diversos estudios han mostrado una reducción en la venta de antibióticos sin control, lo que sugiere un impacto positivo. Sin embargo, el problema no ha desaparecido por completo. Persisten prácticas como la reutilización de recetas, la compra en mercados informales o la presión al médico para obtener una prescripción “por si acaso”. Además, la regulación por sí sola no cambia hábitos culturales profundamente arraigados.

Esto plantea una pregunta relevante: ¿debería extenderse este tipo de control a otros medicamentos? La respuesta no es sencilla. Existen fármacos que, como los antibióticos, tienen un alto potencial de daño si se usan incorrectamente, por ejemplo los esteroides o algunos analgésicos potentes cuya venta debería estar estrictamente regulada. Sin embargo, una regulación excesiva también puede dificultar el acceso a tratamientos necesarios, especialmente en contextos donde los servicios médicos son limitados.

El desafío, por tanto, no es sólo normativo, sino educativo. La clave está en promover una cultura de uso responsable de los medicamentos, donde el paciente entienda que no todo malestar requiere una pastilla y que no todos los fármacos son inocuos. También implica fortalecer el primer nivel de atención médica, para que acudir al médico sea una opción real y accesible, no un lujo o una última instancia.

La experiencia con los antibióticos en México deja una lección clara: regular es necesario, pero no suficiente. Sin información, sin acceso a servicios de salud y sin una ciudadanía consciente, cualquier medida corre el riesgo de quedarse a medio camino.

Alejandro Vázquez Cárdenas

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