Punto final al Siglo XX histórico
La permanencia del orden internacional post-1945 y la reintegración de Rusia definieron el periodo posterior a la Guerra Fría
Dublín, Irlanda, 30 de enero de 2026.- Cuando cayó la Unión Soviética y la Guerra Fría llegó a su fin, muchos especialistas percibieron que la colosal competencia entre las dos primeras super potencias de la historia había marcado de forma indeleble la memoria de la humanidad. Fue entonces que denominaron a aquellos años de la Guerra Fría como el “Breve Siglo XX”.
Se vivía, pues, una nueva etapa. El problema desde entonces ha sido, además de lo sumamente difícil que es saber cómo denominar tu propio espacio histórico, describirla de manera que se le pudiera diferenciar de la anterior quitando la obviedad de la desaparición del bloque soviético. La razón, posiblemente, de aquella dificultad fue que en lugar de aparecer un nuevo mundo moldeado a semejanza del ganador (como creyó Fukuyama que ocurriría) nos encontramos con que el mundo tampoco cambió radicalmente. Antes bien, dio la impresión de que vivíamos en una continuación o, visto desde la ventajosa posición del presente, en un epílogo de lo que nació en 1945 o, es decir, del siglo XX histórico.
La organización internacional surgida después de la II Guerra Mundial no colapsó, ni fue reformada a una nueva realidad. El modelo se mantuvo y se desarrolló. El Consejo de Seguridad de la Organización de las Naciones Unidas y la propia ONU continuaron como un espacio donde las grandes potencias (y las no tan grandes) podían tener encuentros de alto nivel sobre asuntos delicados y en donde se podía llegar a acuerdos en forma de resoluciones que eran respetadas mayoritariamente.
El multilateralismo se desdobló de tal manera que prácticamente cualquier tema con cierta relevancia en la agenda internacional tuvo su correspondiente foro o encuentro de alto nivel para tratarlo específicamente sin excluir prácticamente a ningún país como si fuera una extensión de la propia ONU. Encuentros menos formales, pero con mucho peso en el ordenamiento mundial se dieron en el grupo económico G-7 y sus variantes el G-8 y el G-20 a los cuales Rusia (la supuesta perdedora de la Guerra Fría) y sus aliados fueron invitados. Este sistema llegó a tal punto que incluso Rusia abrió una embajada ante su otrora enemiga mortal la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN).
Rusia, la heredera de la URSS, no desapareció, ni fue desmembrada pese a sufrir pérdidas territoriales. Por el contrario, Vladimir Putin renovó su país después de una década nefasta y la volvió a insertar en el escenario internacional como un actor de primera línea. Esto hizo que muchos analistas y políticos anglosajones restablecieran la rivalidad del “Breve Siglo XX” sustituyendo solamente a la URSS por Rusia, provocando conflictos interpuestos o proxys en Irán, Afganistán, Libia, Siria, Ucrania y Georgia, tal y como sucedía durante la Guerra Fría.
La sorpresiva guerra en Ucrania del 2022 ha dado un manotazo a esta tendencia continuista. La ONU, su Consejo de Seguridad y los inacabables foros internacionales no han sido suficientes para prevenir un conflicto que es percibido tanto por Rusia como por algunos países europeos como existencial y hoy por hoy se han revelado totalmente inútiles. A casi 4 años del comienzo del conflicto todas las partes han obviado tanto al Consejo de Seguridad como cualquier otro foro o instancia internacional jurídica o política para obrar según sus intereses geoestratégicos. Y de aquellos innumerables congresos apenas queda el recuerdo en el debilitado G-7 y algunos otros.
Geopolíticamente, Rusia y Estados Unidos ya no son las únicas superpotencias del orbe: China se ha unido al tablero internacional como la tercera superpotencia de la historia. El bipolarismo vivido en el siglo XX no se reeditará sin importar el resultado de la guerra ucraniana. Si Rusia pierde, cosa muy poco probable, quedará a total merced de sus enemigos, pero de lo contrario estaremos ante la confirmación de un mundo tripolar: China, Estados Unidos y Rusia. La Conferencia de Yalta del siglo XXI aún no se ha producido, pero los acercamientos entre ellos ya han comenzado siendo Rusia la aparente intermediaria.
La gran perdedora de esta nueva configuración es Gran Bretaña y su zombificada Europa quienes tendrán muy poca relevancia internacional en el futuro. A mediano plazo, en el peor de los escenarios, Europa podría quedar como un apéndice de Rusia y su proyecto euroasiático, mientras que Gran Bretaña quedaría tan aislada que se puede convertir en una especie de Taiwán europeo.
Tal vez la única continuidad desde la Guerra Fría hasta ahora sea la lucha ideológica entre capitalismo y comunismo. Es cierto que esta rivalidad no inició en 1945, sino que apareció ya desde finales del siglo XIX, pero fue una parte esencial en esa etapa. Por eso era de suponer que al desmoronarse la URSS su ideología y sus formas de gobiernos también tenderían a desaparecer. Pero eso no ha sido así. El comunismo “real” sobrevivió en Cuba y Corea del Norte mientras que China mantuvo el comunismo al menos como organización política.
Incluso en Occidente, ganadora de la Guerra Fría y supuesta paladín del capitalismo, los partidos políticos socialistas o comunistas se mantuvieron en activo, creciendo y gobernando en algunos casos. De la misma manera, prácticamente todas las organizaciones no gubernamentales internacionales fueron virando hacia una orientación política afín al socialismo, mientras que la gran mayoría de las universidades adoptaron algún tipo de ideología de izquierda, lo que terminó por influir en el conjunto del sistema educativo occidental.
Esta influencia tan grande se cristalizó en el progresismo, la cual ha liderado a la izquierda contemporánea y ha dominado la política en Occidente en las últimas décadas, aunque parece que está llegando a su fin y está dando paso a renovados movimientos de derecha. No será sorprendente, pues, que esta lucha siga en el siguiente escenario mundial.
Así, todo parece indicar que el mundo que nació después de la Segunda Guerra Mundial (el siglo XX histórico) ha terminado y que estamos en los albores de un nuevo reordenamiento internacional con tres super potencias y sus respectivas alianzas, zonas de influencia, dominio e ideologías. El problema es que estos enormes cambios históricos casi nunca han sido pacíficos, sino que han estado enmarcados por grandes guerras. Veremos si en esta ocasión los involucrados logran llegar a un acuerdo antes de que nos arrastren a un desastre global.




